para abrir boca
uno es profe de instituto, para más señas de lengua y literatura, es decir, que practica deportes extremos en su tiempo laboral, y para que sepamos de lo que hablamos, rescato un texto de hace un año que circulaba por ahí. Para situar a los improbables lectores, se trata de la precipitada crónica que escribí en torno a la visita que hizo al centro donde trabajaba una escritora de la que, merced a esos oscuros acuerdos con las editoriales , se mandaron novelas suyas como lecturas para la asignatura. Este es:
EL ARTE DE SER MEDIOCRE
(sobre escritoras, alumnos y profesores)
Trabajar en un instituto, es lo que tiene. Pues que, a veces, conoces gente. Y, claro, hay días mejores y los hay peores. No puedo decir, sin faltar a la verdad, que el de ayer fuese de los primeros. Y eso que no tenía mala pinta. Nos hacía el honor de asistir a nuestro centro una escritora para compartir con todos parte de sus conocimientos. Claro, que conociendo a nuestro alumnado, algunos ya andábamos pidiendo confesión.
Mi parte en esta historia, que únicamente es la de asombrado testigo, comienza tarde, cuando nuestra esforzada escritora ya se ha enfrentado a un par de oleadas de adolescentes.
Y allí, en nuestra humilde biblioteca, ante todos nosotros, estaba ella, la autora, esperándonos. No obstante, era palpable que algo no marchaba del todo bien. Los chicos, mal que bien, se iban situando. Quien ha tratado con gente de esta edad sabe que no es la disciplina prusiana una de sus virtudes, y leyendo la biografía de nuestra dama, antigua profesora y recurrente conferenciante en centros de enseñanza, se podía esperar cierta condescendencia. O no. Pues ése era el caso. Que no. Dejó de mirar la pantalla del ordenador (apagado), se puso brazos en jarras y se enfrentó a un individuo que se reía. Y, créame, doña Blanca, si ese recurso no me vale a mí que soy profesor y les pongo las notas, pues ya me dirá si le serviría a usted, con su natural elegante, y sus maneras finas.
Mal empezábamos. Y tras, o mejor dicho, mientras no dejaba de encararse a chicos que parecían molestarla, hizo de sí misma una somera presentación que no llegó a los tres minutos. Y esperó a que le hicieran preguntas. Y esperó. Bueno, tampoco esperó demasiado, porque ante el silencio, que podía ser tímido, o podía ser guasón, los truenos empezaron a cercar la cabeza de nuestra dama, y allí fuese Troya. ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué me han traído? ¿Por qué no me preguntáis sobre mi libro? Y así
Los minutos (los segundos) pasaban como balas trazadoras, y algunos esperábamos que se abriese una sima ante nuestros pies. Y el ambiente degeneró más aún. Hubo quienes no pudieron resistirlo, y se dedicaron a hacer lo que saben mejor: el salvaje.
El aire se viciaba y la cosa no funcionaba. Háblenos sobre periodismo y literatura. -¿Y por qué tendría qué hacerlo? Por que creíamos que era de eso de lo que iba la charla. Pues no, a mí nadie me ha dicho que hubiera que hablar de eso, y no me he preparado nada.
Y claro, nuestra heroína, ya al borde del colapso, creyó que la culpa de esta escena, digna de Esperando a Godot, silencio por un lado, silencio por otro, pues tenía que ser de alguien. Pero, ¿de quién?, de los chicos, de sus padres, de la televisión. Pues un poco de todos, y claro, de sus profesores, que no les preparan bien las conferencias, que les dejan para que boicoteen actos con personalidades tan fascinantes, que ahogan la excepcionalidad y las ganas de destacar de algunos, para convertirlos en mediocres.
Pues mire, señora mía, tal vez tenga usted razón, tal vez estemos (esté) convirtiendo a los alumnos en mediocres. Tal vez sí. Pero me permito recordarle que vino a este instituto para hablar de sus obras a un numeroso grupo de mediocres que han comprado algunas de sus obras, que otro grupo de mediocres recomendó, y que de estos últimos, esos profesores incapaces de crear almas lectoras, éste que escribe unas apresuradas líneas sobre lo que vio esta mañana, no la va a citar más, ni como referencia ni como lectora, porque cree sinceramente que usted se merece mejor público, no uno que en clase, cuando lee su novela, le indica que si, como ud. Escribe, la vida podía dar un giro de 360 grados (pág. 10,El secreto de la judía, Blanca Álvarez, ed. Edelvives, Zaragoza, 2002), pues que el personaje no sufre cambios, ya que el punto de partida es el mismo que el de destino. No está mal para alguien mediocre, ¿verdad?